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Condorito no podría haberlo hecho mejor...

Madre y Tía Buena salen una tarde a hacer trámites. Entre ellos, tienen que pasar por una oficina de “Patronato”, que se encarga de papeleríos típicos de la tanidad anciana. Pero hete aquí que la susodicha oficina no está donde se supone que debe estar. Tía Buena jura y perjura que ella recuerda que es ahí, ahí mismo. Ahí mismo, hay una librería. Entran a preguntar y les dicen que no tienen idea porque están hace poco en el barrio, pero que por qué no preguntan en el supermercado chino de enfrente. (Primer WTF* de la tarde que las damas deciden valientemente ignorar). Entra Tía Buena el súper, pregunta por el “Patronato” y don chino le dice que eso que buscan (intenten imaginar su pronunciación) está en la otra cuadra, en el pelotero. (Segundo WTF de la tarde, a esta altura bizarrísima, pero se sabe cómo es mi familia, a loco, loco y medio, y dale que va...) Parten para el pelotero, entonces. Cuando llegan, se asoman por la vidriera imaginando que a lo mejor hay adentro una oficinita, un escritorio, un banquito con una placa que justifique su misión de recontra espionaje. En eso se acerca alegremente una nena, abre la puerta y les pregunta, ungida de verdad como sólo los niños, si vienen al cumpleaños. Madre y Tía Buena proceden a explicarle que no, que en realidad están buscando el “Patronato”. La nena, confundida, pega un grito llamando a su mamá. Llega la señora y repite la pregunta; Madre y Tía Buena repiten su consulta. La señora les dice: ¡es acá! (Atentos al WTF que se viene...) Vuelve al interior del pelotero y regresa con un volante que reza, a todo color: “El Pato Ñato” (Plop).

*Aclaración necesaria por el uso innecesario de sigla msnera de expresiones foráneas: Vale por What the fuck?, que bien vale por un sutilísimo ¿Qué carajo?

La señora de los anillos

Por un revival nostalgioso que no termino de comprender están volviendo a pasar los capítulos de Friends. Por un revival nostalgioso que no termino de comprender, estoy volviendo a verlos.

Primera reflexión: ¡cuánta inocencia! Hoy hay más picaresca en Hanna Montana (que por otro lado me divierte mucho, especialmente las primeras temporadas, cuando Miley era aún una nena y no una aspirante a estrellita cachetona).

Segunda reflexión: (viene concatenada con el excursus) eso que venía pasando con el género sitcom, un lento ocaso después del esplendor de los '90, parece haberse revertido, al menos en parte. No lo digo por las comedias para adultos (aunque Two and a half men tiene momentos fantabulósicos y aunque he aprendido a querer a The Big Bang Theory) sino por las series para preadolescentes. Me parece que hay en Hanna Montana, en Hechiceros de Waverly Place, en i-Carli (Miranda Crosgrove es genial), con mayor o menor éxito, algo de esa estructura repetitiva de "que todo cambie para que nada cambie", de profunda celebración de la vida cotidiana.


Tercera reflexión: es notable cómo un gran éxito televisivo parece negar por completo la posibilidad de vida después de su final. ¿David Schwimmer vive? Julia Louis Dreyfus debe tener el record de sobrevida al éxito televisivo (aunque su comedia sea aburrida como pocas).

Dicho todo esto, la reflexión (off topic) que motivó el post: esta semana vi el capítulo en que Chandler le propone casamiento a Mónica. En la escena en la que está comprando el anillo (una joya vintage de los años '20, la misma época que el anillo del fallido compromiso de Lorelay Gilmore con Max (sí, soy una freak total, pero me pregunto, ¿por qué el glamour de los años locos para estas comedias?) el vendedor lo tasa: US$ 8.600. Y me quedé pensando... ¿Qué es lo que hace que esa ¿tradición? sea verosímil? ¿Por qué se construye el estereotipo del compromiso sobre una joya que es para la novia? Porque, ojo, de Tolkien para acá hasta puedo entender (no sin dificultad) el concepto de las alianzas, pero ¿cuál es la justificación del cintillo (atenti a mi manejo de vocabulario: una vez tuve una amiga que se casó, no una sino dos veces, con vestido merengue y rosas rococó rosadas)?

Es posible que mi problema sea una predisposición al pragmatismo legada por mi madre. ¿Vieron que hay familias (en la ficción y en la realidad) que atesoran una joya que pasa de generación en generación como símbolo imperecedero del amor y la constitución de la familia nuclear católica apostólica romana? Bueno, en mi hogar esa preciada joya es reemplazada por el relato del orgullo con el que mi señora madre vendió las dos alianzas (que ninguno de mis progenitores usaba ni usa, by the way) en un momento de estrechez económica.

Hay muchos símbolos de pasaje: las mujeres del pueblito de mis viejos al casarse dejaban de usar el pelo suelto y a partir de cierta edad pasaban a llevar la cabeza cubierta con un pañuelo (mi bisabuela, por ejemplo, a la que llamábamos con notable creatividad "Nona viejita", usó el mismo pañuelo negro los últimos 30 años de su vida); en el otro extremo del mundo, en la tradición japonesa sólo las jóvenes solteras podían usar kimonos de mangas largas. Lo que no termino de comprender es que se sostenga, al día de hoy, un símbolo tan retrógrado de estar "comprometida". ¿Por qué resulta ¿simpática? esa carrera por la piedra más grande, más brillante, más pulida? Y sobre todo, ¿por qué muchas mujeres siguen pensando que es un símbolo de estatus tener el dedo anular más adornado?

Mendel, compadre...

Mi hermano se fue de minivacaciones con su nueva chica. En su ausencia no sólo descubrí que me dejó desconectados los parlantes que uso para laburar sino que además tuve que informarle a madre de su viaje cuando en medio de un llamado telefónico me pidió que le pase con él. Para colmo, madre me llama una vez más hoy para comentarme una decisión que tomó y que me (nos) afecta (muy) indirectamente. Al parecer, habló de eso con mi hermanito hace una semana y el muchacho quedó traumado. Por supuesto, programa dominguero si los hay, decide llamarme a mí para discutir de los temas que trauman a mi hermano mientras el tipo da paseos por la playa.

Lo peor del caso, y me doy cuenta retrospectivamente, es que el llamado obedece a que madre se quedó preocupada (claro) y necesitaba justificar su decisión. Supongo que esperaba (equivocadamente, como siempre) mi aprobación. Desde que tengo uso de razón venimos ensayando esta contradanza: ella busca que yo acuerde con sus decisiones, yo estoy en desacuerdo con sus decisiones, pero más aún con su búsqueda de acuerdo. Las dos nos quedamos enojadas y desilusionadas y tristes. Después se nos pasa. Hasta el próximo llamado. Me sorprende darme cuenta de que con toda la energía que creo ponerle a diferenciarme de madre, después hago lo mismito con mi vida. ¡Qué genes poderosos, mamma mía! (geddit?)

Lo que se hereda no se roba

Siempre relato la obsesión gastronómica de mi familia por el lado del exceso. Pero me gustaría apuntar dos o tres favoritos que tienen poco que ver con la abundancia o los ingredientes "gourmet". Como herencia de los tiempos de verdaderas privaciones que yo no viví, pero que recuerdo genéticamente, está el fanatismo invernal por las legumbres. Hoy hay un sector sibarita que gusta de recetas como "Pasta e faggioli", que deja automáticamente su sesgo glamoroso si la llamamos como lo que es, fideos con porotos. En la misma línea se ubica un clásico familiar: pasta e cecci (o pasta con garbanzos). De hecho, según cuenta la leyenda familiar, varios inviernos se pasaron a puros cecci y verdura (una especie de radicchio salvaje que crecía en el fondo de casa).
Pero lo que quería comentar, ahorita, es un "gusto" que nos damos con mi hermano cuando nuestra alacena entra en modo "pobreza espiritual" (como decimos jocosamente desde la obcenidad de nuestra abundancia). Se trata de un tazón de té o mate cocido azucarado en el que vamos sumergiendo chanchamente galletitas de agua... En la línea de eso que hoy se llama pomposamente "confort food", cada tanto nos empachamos de infancia.

Nunca está demás repetirlo, nunca está demás repetirlo...

Como noto que suelo jugar a la "incisiva" sobre consumos culturales, me gustaría dejar registro de un consumo sobre el que no puedo ejercer las más mínima distancia crítica, sencillamente porque me fascina. Lo confieso: yo soy fan de Les Luthiers.
Todo comenzó (algún tiempo atrás en la isla del..., no,no, perdón...) hace muchos muchos años, con uno de los primeros casettes que recopilaban temas sueltos de espectáculos lutherianos. Creo que es el Volumen IV... En ese compilado robado de la casa de mis tíos piolas había varios hits, entre ellos "Serenata Mariachi", tema que puedo señalar sindudamente como el origen de mi fanatismo por los muchachos de moñito... Ese descubrimiento nos impulsó, a mi hermano y a mí, hacia la búsqueda de nuevo material, búsqueda que fue gratamente satisfecha por el espectáculo Grandes Hitos (1995) un compendio de varios números geniales de la historia de Les Luthiers (La zarzuela "Las majas del bergantín" nos confirmó que nuestro fanatismo iba en el camino correcto). A partir de allí fuimos espectadores fieles de todos los conciertos, pero también rastreadores de sus viejas grabaciones en cd y en video. Durante todo ese tiempo mi tía buena (fiel compañera de espectáculos y gran regaladora de entradas) recordaba un espectáculo que habían visto a fines de los '70 y que para ella era "el mejor de todos los tiempos". Por supuesto, no recordaba el nombre, pero tenía claro que había algo "del descubrimiento de América"... Averiguando en un mundo pre-banda ancha (porque llegamos tarde a internet en casa) logramos dar con "Mastropiero que nunca" y con "Cantanta del adelantado Don Rodrigo Díaz de Carreras, de sus hazañas en tierra de Indias, de los singulares acontecimientos en los que se vió envuelto y de cómo se desenvolvió".

Voy a utilizar por primera vez este boludo recurso "embebedor" por tres razones:
a) para sacarme el mal sabor de boca del post anterior
b) porque el catecismo de la iglesia lutheriana es una misión indeclinable
c) porque se me canta.

Dicho esto, disfruten una de mis obras preferidas de Les Luthiers de todos los tiempos (va en dos partes), con el perdón de D. que detesta que sabiendo los números de memoria arranquemos las carcajadas por adelantado:




Déjà vu

Ayer fue un día aciago. Estuve haciendo una serie de trámites administrativos nefastos que me ocupé de evitar siendo una niña prodigio toda la carrera y que ahora debo encarar en nombre de mi sacrosanta bondad como apoderada de una tercera persona. Además de aguantar la ineptitud característica de la burocracia estatal perdí el uso de una rodilla cuando trastabillé en un escalón sotreta del septuagésimo lugar al que fui a hacer fotocopias. Ya renga, me crucé con quien motivara la génesis del concepto "Marco el candidato" (anotar para el goce fetichista: levita sombrero, rulos y anteojitos) que me dedicó un ignominioso saludo de compromiso. Llegué a duras penas a entregar un trabajo a la facultad en el último minuto. (Breve texto que deja traslucir mi opinión de la materia al elegir como objeto de análisis las tiras de Mafalda. Por si no se entendió: ¡esa materia es un chiste! Chiste que me va a salir caro porque como no me daba el tiempo cerré con una trampa argumentativa horrorosa, cache y sensiblera como emotivo epílogo. Lo sé, merezco una pena no excarcelable por tremendo delito).
Emprendo el regreso, famélica, cuando me informan que la gentusa con la que había elegido compartir mi cena decidió abandonarme. Vuelvo a mi hogar no sin antes comprar una Coca tamaño familia de Maru Botana para ahogar mis penas en azúcar y cafeína. En el interín Nina me anuncia su visita, para arribar una hora después y que un señor caco (otro, por fortuna o por desgracia) robe su efectivo en la mismísima puerta de mi hogar mientras estoy bajando en el ascensor a abrirle. Consecuentemente procedemos a ahogar las penas en azúcar, cafeína y mezcla de hierbas más conocidas como fernet.
Cuando Nina se va me quedo mirando The Breakfast Club en la compu (recordemos que no tengo TV y debo remediarlo pronto porque estoy agotando mi stash de comfort pelis, aunque también, claramente, debería ampliar mi stash, ¡no tengo ninguna peli de Roberto, por amor de dios!) y me quedo dormida en el sillón. Más tarde (mucho más tarde, a las 6 de la matina descubro anonadada después) escucho la puerta de casa y veo entre sueños como entra mi hermano acompañado (sin haber avisado, por supuesto). Me siento en una escena de Yo quiero a Lucy. Me hago la dormida, pero a los minutos, luego de que la acompañante de mi hermano se escabullera en su dormitorio, él procede a encender la luz del living (gesto odioso si los hay, sumado al gesto odioso inicial de no dejarme dormir tranquila en mi living si se me antoja, que se suma a la lista de razones por la que esta convivencia ya no da para más, que se suma a la lista de razones por las que debo conseguir un empleo de mucho más dinero que no me resulte completamente repulsivo, que se suma a la lista de razones por las que más vale que la señora me deje nuevecita, nuevecita pronto o mi presupuesto me dará para una breve internación en el Moyano, si Macri decide reabrirlo). Huyo a mi cuarto para despertarme horas después y volver a tomar posesión de MI living (no sé si soy clara con el énfasis) para que mi hermano aparezca al rato a anunciarme su estúpida rutina de "Estoy con alguien" y a "consultarme" un hecho consumado (prohibido hacer chistes sobre esto). Sólo que esta vez ni siquiera me dice el nombre de la muchacha en cuestión sino que me "avisa" que van a salir y me consulta "por si me quiero cambiar" (nunca recibí la invitación que aclaraba que era de Elegante-Sport). Una vez establecido que no pienso abandonar el living (ni el pijama) aparece la señorita a saludar , intercambiamos holas, qué tales y nombres (aunque ahora que lo pienso quizá hubiese sido mejor irme a mi cuarto, estoy totalemente en contra de tener que recluirme en mi alcoba en mi propia casa para que mi hermano se ahorre el pernocte (¡oh, si la envidia fuera tiña, cuantos tiñosos habría!).

No hay nada más lindo que la famiglia unita...

Si junto coraje, se viene un nuevo episodio de "Los tanos del conurbano bonaerense", mi telenovela familiar. (No puedo dejar de hacerlo si hasta mi psicóloga, muerta de risa, me dice: "es digno de García Márquez, ¿por qué no escribís esto?" Ya van a ver, cuando publique mis "Funerales de mamá grande, el tío chico y el paisano de al lado").

Cómo muestra, un botón: tras un nuevo velorio, todo el cortejo fúnebre queda esperando la llegada del demorado cura párroco escapando del sol del mediodía apretujados cual equipos de rugby en scrums enfrentados a la sombra de dos escuálidos arbolitos frente a la capilla del cementerio de Flores. En mi equipo, dos tanitas recién llegadas de vacaciones que recurren todo el tiempo a mis servicios de traductora en simultáneo...

Lo que se hereda no se roba

Mientras laburo a las dos de la mañana descubro con horror que mi hermano no sólo es un clon de mi padre sino que se las ha arreglado genéticamente para honrar la maravillosa herencia materna de terrores nocturnos.

Desde hace años sabemos que de tanto en tanto se le da por mantener elocuentes conversaciones a viva voz mientras duerme. Sólo recientemente, y gracias a mis recientes hábitos nocturnos (combinados con la muerte de la tele de mi cuarto, que me confina en el living), he descubierto que la cosa ha empeorado, ya podemos llamarlo cabalmente sonambulismo.

El tipo se levanta de un salto, viene corriendo hacia la luz (no, no es Víctor Sueiro) y argumenta sandeces. Inicialmente siempre creo que vió algo a través de la ventana, o que se acaba de acordar de algo; después me doy cuenta de que no responde lógicamente (o ménos lógicamente que de costumbre) y vuelvo a caer en la cuenta de que está dormido. Parado, hablando, manteniedo una suerte de inconexa conversación, pero dormido.

Lo peor del caso es que, por la hora, porque estoy concentrada laburando (o viendo tele), o porque yo también estoy medio dormida, todas las veces todas me termino pegando tremendo susto porque aparece como un bólido a los gritos por el pasillo, anunciando alguna desgracia en ciernes (últimamente todas tiene que ver con pequeños incendios o cortocircuitos).

Cuenta la leyenda familiar que Madre tenía los mismos síntomas en la adolescencia, cuando compartía el cuarto con sus dos hermanas menores que saltaban de la cama por sus alaridos noche por medio. Parece ser que después de las primeras 20 veces que la criaturita 'e dios gritaba haber visto una araña o alguna otra alimaña, dejaron de llevarle el apunte. Sólo mi pobre Tía buena se levantaba y la ayudaba a volver a acostarse. (Dice mi tía menor que la cosa se puso realmente entretenida cuando la amenaza dejaron de ser los insectos y pasaron a ser los "violadores". Y no presisamente por su disgusto por el punk rock...)

Lo más ridículo del asunto es que además de resultarme escalofriante, me encuentro a mi misma muerta de risa "argumentándole" a un sonámbulo que no se incendia nada, que él está dormido.

Somos los dueños del reloj

Abandoné mi hogar hace 24 hs. por un pedido de mi hermano co-habitante con necesidad de intimidad. Como consecuencia, pedí asilo político en casa de una amiga con pensión completa: merienda, cena, desayuno, almuerzo. Mientras tomábamos el segundo tazón de café del desayuno de las 12.00 ella mencionó el preciado concepto que da título a este post. La gran pregunta... ¿Cómo volver a concebir un trabajo de 9 a 18hs? Conclusión: in-con-ce-bi-ble.
Cuando me fui de su casa pasé por mi ex empleo, donde, parece, volveré a dar un curso para ganarme algún dinerillo que me permita seguir parrandeando los martes. Allí no sólo elogiaron dos de mis últimas decisiones, también me relataron extraoficialmente cómo mi ex jefe, compungido, tuvo que reconocer que "al final, tuve toda la razón con mi renuncia". Si tuviera huevos, debería pedirme disculpas. Si todavía me importara, las aceptaría.
Antes de llegar a casa hice un par de compras hedonistas total y absolutamente innecesarias. Mi heladera está atravesando un gran momento. (De hecho, la cita de mi hermano ha marcado época: hay hasta cerezas).
Ahora escribo esto mientras hago zapping (Gizela Marzziota dice que Chachi Telesco es "rica", Andrea del Boca se asombra con una mamá ¡bombera! (¿qué plato, no?), y meriendo un sandwich de pan integral tostado con jamón crudo, queso blanco, ruccula y tomate acompañado de un licuado de mango y frambuesa (sí, soy sólo otra niña blogger que se precia de gourmet, ¿y qué?).
¿Cómo concebir sentirme de mal humor? Conclusión: in-con-ce-bi-ble.

PD. Tan de buen humor que este no lo borro...

PD2. Tan de buen humor que estoy usando todas las categorías...

Para Montaner que lo canta por TV

Acabo de descubrir la tantiúnica ventaja del cambio de horario: no importa lo tarde que me levante, siempre puedo secar la ropa al sol. (Mi madre, en algún lugar del conurbano, sonríe feliz sin saber por qué...)

A ver si paramos con las anécdotas...

Mientras cruzaba la calle con la amiga de una amiga, una camioneta 4x4 con vidrios polarizados se acercó peligrosamente al cordón en el que estábamos paradas. Pensé que quería doblar, pero la esquina era contramano. O que se trataba de un hiperexitoso motochorro. Lo que no había siquiera imaginado fue lo que pasó. Cuando la camioneta estaba justo frente a nosotras, el conductor bajó la velocidad el tiempo suficiente para sacar el brazo por la ventanilla y cubrirnos de espuma de carnaval. Cuando abandonamos la parálisis y el estupor sólo atinamos a correr el colectivo que estaba estacionado en la vereda de enfrente. Lo que siguió fue una hermosa imagen para los señores pasajeros: dos niñas tentadas de risa sacándose mutuamente los restos de espuma de los hombros, la cara y el pelo.

Hoy, merendando con dos amigas en la vereda de un bar, un muchacho con cara de turista nórdico, vestimenta de turista nórdico y acento de turista nórdico (sí, era un turista nórdico) nos pregunta chapuceramente en español de dónde somos. Supusimos que se trataba de un clásico levante descarado. Grande fue nuestra sorpresa cuando logra comunicarnos que asumió que éramos turistas (nórdicas) basándose en nuestra proverbial fosforescencia. (Batimos nuestro propio record digno de "Más que blanco, blanco Ala" instaurado en la ciudad de Rosario, que recibió nuestros cinco pares de blancas piernas con el grito desesperado desde un vehículo en movimiento: ¡Vayan a la cama solar!).

En la plenitud del sábado a la noche estoy sentada en casa escribiendo esto mientras resuelvo que dejaré plantadas a mis amigas una vez más porque siento que no puedo mover las (blancas) piernas. Sendos llamados telefónicos me confiman que el síntoma de pesadez es compartido por tres generaciones de mujeres de mi familia. Tratando de competir con mi madre le digo que es obvio que yo siento más pesadas las piernas porque peso 30 kilos más, aunque tenga 30 años menos que ella. (Por culpa de este tipo de estúpida aritmética mi analista vacaciona en Saint Tropez todo enero).

Madre vs. los fenómenos proto-new age

Acabo de ver en aguafuertes castrenses (blog más que recomendable) la siguiente imagen:



Y me fui en viaje sin escalas al maravilloso momento en que Madre fue convencida por su entonces mejor amiga de participar de tal evento.

Cabe aclarar que el vínculo de Madre con la sacrosanta iglesia católica había terminado tras mi primera comunión (en la que con Madre hicimos roncha con nuestros ideales de sociedad civil cuando me presenté en la iglesia repleta de pequeñas "novias" ataviada con el guardapolvo blanco de la escuela), y de hecho, bastante antes, cuando en pleno proceso yo descubrí que la cosa no era para mí porque me hacían ir los sábados a hacer sopas de letras y pintar siluetas de jesucristo con crayón. En mi condición de hija mayor tuve que hacer el descubrimiento por vía experimental, mientras que mi hermano se cree muy pillo por no haber tenido que intentarlo, pues contaba ya con algunas premisas probadas para su silogismo deductivo. (Todo el proceso fue bastante pintoresco, si tenemos en cuenta que yo ya de niña era bastante cínica y desconfiada; de hecho la cosa era muy bizarra sobre todo en el momento de la confesión, situación que sólo podía atravesar a partir de urdir una maravillosa maraña de mentiras políticamente correctas porque no entendía por qué debía "confesar" mis pecados (que los tenía, claro...) a un "intermediario". )

Con perdón del excursus, prosigo. En algún momento de fines de los ochenta, principios de los noventa los Encuentros matrimoniales estuvieron muy "en boga"; cualquier pareja que se precie fue invitada a participar del revolucionario fenómeno. Ya expliqué que mi familia rara vez abandonaba la socialidad endogámica (ya les contaré del Club de expatriados del pueblo de papá), pero esta vez, Madre se sintió obligada a ceder ante la insistencia de su amiga y a los argumentos pro-fortalecimiento de la unidad familiar.

La cuestión es que un fin de semana Madre y Padre armaron sus bolsitos y partieron al encuentro. El relato que Madre hizo de esos días no tiene desperdicio, en especial la rutina de oraciones fingidas (a esta altura está claro que a todos nos gana el verosímil...) El encuentro tenía algo de "taller literario" y se traían como souvenires las tarjetitas y cartitas que se intercambiaban in situ. (Quiero aclarar como nota de color que Madre obligó, atinadamente, a Padre a cerrar la cuenta corriente que usaba para los pagos de la ferretería por su pertinaz incapacidad de escribir correctamente la cifra "cien" en letras... Imaginen los poemas dadaístas que éste componía.)

La conclusión, por supuesto, llegó desde el lado pragmático de Madre. Consultada por lo que conservaría como recuerdo del evento, respondía, con los ojos en blanco, que durante dos días no limpió, no cocinó y ni siquiera tuvo que hacer las camas... ¡Eso es un experiencia religiosa, carajo!

Mi mamá me mima

Para mantener el equilibrio bipolar, tras la serie de post depresivos sale uno pseudo humorístico. Ante todo, vale aclarar que el horno no está para bollos, de hecho aún no me recupero del descubrimiento del Falso Marco, porque la verdad, la teoría del Marco se resquebraja hasta volverse prácticamente insostenible... ¿Y si no hubiera Marco? (Nótese mi habilidad para convertir esto en un problema "ontológico". De hecho, nótese mi habilidad para utilizar pronombres enclíticos seguidos de la palabra "ontológico".)

Debo aclarar que el estrés post traumático tuvo que ver con la clásica velada dominguera en la que mi sacrosanta abuela le comenta a un anciano familiar que acudió de visita, señalándome: "Me parece que ésta es otra como XXX" (aludiendo a una prima largamente treintañera sin candidato a la vista).

El desvelo por mi arraigada soltería se extiendo incluso a familiares del otro lado del océano, que nunca olvidan preguntar por la "tragedia" en cada llamado de larga distancia. Todas creen, además, que la solución es un nuevo viaje al viejo mundo donde por supuesto me lloverán los candidatos, como niña de buena familia que se precie. (Debo asumir que la excelente interpretación del rol de "niña de buena familia" se me fue de las manos en el último viaje. Soy la "Meryl Streep" de la campiña calabresa a la llanura bonaerense...)

Todo esto mientras llegaba a la conclusión de que en lugar de dejarme ganar por la depresión debería ponerme a dieta, ir al gimnasio cuatro veces por semana, cortarme el pelo, recibirme, conseguir un trabajo maravilloso, ganar muchísimo dinero y aprovechar la cumbre de éxito para tirarme de cabeza...

Cuando aprovecho para criticar el venenito de mi abuela, Madre se burla comentando que utilizo el argumento de los 85 pirulos de la nona cuando me conviene; olvidando que su comentario no nace de la senilidad sino de su sempiterna condición de "bicha". (Madre no lo entiende porque, como me he cansado de explicar, a fuerza de porrazos de la vida ha elegido vivir en el "tierra de las maripositas", donde nadie es malvado y todos te arruinan la vida con las mejores intenciones...)

Sin embargo, en uno de esos gestos agridulces que la redimen, me acaba de llamar en un clásico telefónico de "función fática" para pasarme un dato que escuchó en la radio que se vincula con un trabajo que era sí, interesante, sí, redituable, sí, ofrecido por un sujeto más que "moralmente aceptable", pero que por supuesto nunca llegó a materializarse... (Eso por no mencionar que en un visita entre semana me regaló las chatitas más hermosas que ha visto esta ciudad infecta en mucho tiempo).

A cada uno le gusta lo que le gusta, pero...

Acabo de ver la lista de Vannity Fair de los hombres más sexies 2007 que encabeza ¡¿Matt Damon?! en la misma semana en la que mantuve una larga discusión con Madre sobre "juicios de gusto", si se me permite la expresión (acerca de la belleza o fealdad del nuevo ministro de economía), y necesito aportar un poco de lucidez sobre la cuestión.

A ver... Ante todo, sé que no es lindo lo que es lindo sino lo que a uno le gusta, pero vale aclarar que existen parámetros a tener en cuenta en cualquier intento "clasificatorio" (fuck!). No es lo mismo "lindo", "bello", "apuesto", "atractivo", "sexy"; no se trata de sinónimos. Además, como pretendí explicarle a Madre, no ser "lindo" no implica automáticamente ser "feo". No se trata de un par de opuestos sino de polos de un continuum. (Cabe aclarar que el complejo dispositivo argumentativo probó ser inútil, dado que mi madre tiende automáticamente a considerar el summun de lo atractivo a cualquier hombre de frondosa cabellera; hecho que, coligo, es consecuencia de haberse enamorado de un calvo (mi señor padre).

Me remito a una fuente no fidedigna pero maravillosamente clara para abordar la cuestión. (Disculparán que se trate de una referencia ficcional, pero hay más verdad en la ficción que en más de una investigación "científica"). Se trata de una aclaración sobre una serie de deslizamientos semáticos sobre parámetros de belleza que escuché en la serie News Radio (actualmente la están dando por I-Sat con un doblaje horrendo). También deberán perdonar el falso bilingüismo, pero creo que aporta. En la emisora de radio en cuestión dos periodistas se enfrentan porque una de ellas fue elegida la más "cute/ bonita", y la otra no cree que ese sea el descriptor correcto para su tipo de belleza. En ese marco, le explica la siguiente clasificación:

-Pretty/ Bella (o linda, en rioplatense) = Pretty/ Bella (o linda).
-Cute/ Bonita = Bella, pero menudita y simpática.
-Beautiful/ Hermosa = Muy Bella.
-Gorgeous/ Preciosa = Muy bella y con lindo pelo.
-Sexy/ Sexy= Bella y fácil.
-Voluptuous/ Voluptuosa = Bella y gorda. (Abstenerse de lecturas políticamente correctas).
-Exotic/ Exótica = Fea. (Idem anterior).

Si no nos ponemos exquisitos buscando excepciones (que por supuesto, las hay) este "sistema" funciona a la perfección. Podemos tratar de encontrar un ejemplo para cada "clase" (que, nuevamente, podrá variar de persona a persona, pero tratemos de seguir el razonamiento):

Bella: Natalie Portman
Bonita: Brittany Murphy
Hermosa: Scarlett Johanson
Preciosa: Mónica Bellucci
Sexy: Angelina Jolie
Voluptuosa: Liv Tayler
Exótica: Sarah Jessica Parker

(Quiero aclarar que si me hubiera ahorrado este temita de la aplicación de la taxonomía me hubiera ido bastante mejor, porque hace como dos horas que trato de encontrar el "ejemplo" perfecto de cada categoría. Pongan voluntad, colaboren, y hagan como que están de acuerdo).

Este análisis de la belleza femenina se puede aplicar (con sus obvias salvedades) a los hombres. Sin embargo, encuentro cierta reticencia a adjetivar la belleza masculina, especialmente en el habla cotidiana hispano-rioplatense. (¿Será por aquello de "el hombre es como el oso..."?).

Ante todo, lamento la ausencia (de uso) del equivalente de "Handsome", que sería algo así como "Apuesto", término que entiendo es el que mejor describe la belleza masculina sin desmedro del componente de "virilidad". Luego quisiera mencionar un uso que escuché una vez del Patriarca de los Pájaros de la disciplina que suelo aludir en mis post, que hablando sobre el sentido del humor, y sobre la posibilidad (o imposibilidad) de tomarse a sí mismo como objeto de la comicidad, mencionó a un sujeto (Pergolini) como un hombre "bello". Esta calificación implica un cierto reconocimiento de atributos "atractivos", pero destaca un componente descalificador, por su superficialidad y su carga "femenina".

Hay una salvedad que vale la pena hacer y es que de un hombre que es lindo pero es feo no se dice que es "exótico". No es un caso de borde, sino una de las formas más extendidas de valoración de la belleza masculina. Es el caso de señores como Clive Owen, Benicio del Toro, Javier Bardem. No son bellos y en eso reside su atractivo. (Puedo estar siendo muy parcial en esta apreciación, lo reconosco).

Creo que en la primera y en la última de las categorías mencionadas, iluminando algunos atributos y oscureciendo otros, por supuesto, es dónde puede jugarse el atributo "sexy". Un hombre "bello" no es sexy, porque su belleza es un atributo con fuerte carga femenina.

Entonces, como corolario: Matt Damon no es ni puede ser un hombre sexy. (Incluso, en mi escala personal prácticamente no llega a "bello", se queda en algo similar al "cute" femenino).

El origen de las especies

Luiggi era el tercero de cinco: menor que Giustina y Giusseppina, mayor que Giovanna y Carlina. Había nacido en el diecinueve y estrenaba sus veinte cuando vino la leva. Fue al frente por primera vez en el otoño de 1940. Primera y última: esa única vez alcanzó para que lo tomaran prisionero.
Tras un breve lapso en territorio europeo, le tocó vagar con otros tanitos cautivos a bordo de un carguero. Bordearon África, cruzaron el Atlántico y se abrieron paso hacia el Pacífico por el pasaje de Drake, y subiendo, subiendo a la vera del continente americano llegaron a San Francisco, en la costa este de Estados Unidos.
Los primeros meses fueron sólo calor, sed, oscuridad. El resto, calor, más que nada calor, trabajando durante años en las planchas a vapor de las tintorerías industriales.
Logró volver al pueblo seis años después. El mundo ya no era el mismo, su país no era el mismo, él era otro. Volvió a su vida de siempre, otra vez al campo, a la viña, pero más cerrado, más callado, taciturno. Siempre había sido esquivo, pero ahora se escondía detrás de los libros que había traído, se encerraba detrás de una pared de letras que ni su familia ni sus amigos podían comprender. Había decidido quedarse solo. El que había vuelvo era otro, y ese otro no quería participar de la tímida socialidad de posguerra.
Pero la vida sigue, dicen. Y su hermana menor, que había estado noviando desde hacía tiempo con un vecino del pueblo, empezaba a hablar de casamiento. Pero había un inconveniente. El noviecito tenía una hermana mayor todavía soltera con prioridad de boda, por una ecuación extraña de la flamante parentela. El padre de Luiggi decidió resolver el conflicto con una doble boda: a la parejita de enamorados originales se le sumaron ellos, el muchacho solitario y reservado y la muchachita atolondrada y regordeta. Él los dejó hacer. No tenía mayor posibilidad de oponerse. Pero tampoco tenía la energía o la convicción para oponerse. Cuando se quiso acordar vio llover arroz sobre su cabeza como quien ve llover. Muchos años después les contaba esta historia a sus hijas, como un cuento trágico a la hora de ir a dormir.

El origen de las especies

Vita tenía dieciocho años, era la mayor de seis hermanos y vivía con sus padres muy en las afueras de un pueblo de montaña. Tenía un noviecito, Rocco, con el que alguna vez había intercambiado esas miradas avergonzadas, tiernas, en el camino entre el monte y el pueblo, cuando la pequeña procesión de hermanos, primos, vecinos y “paisanos” se juntaba para ir a misa. Cuando él se fue a hacer el servicio militar (dos largos años), la incipiente relación siguió por carta, doblemente mediada, no sólo por el papel, sino por la vecina que las traía, le contaba las novedades y la ayudaba a responder: Vita no sabía leer.
Un día, las cartas dejaron de llegar. Las noticias, en cambio, siguieron llegando, junto con los telegramas para varias familias del pueblo. La década del cuarenta apenas comenzaba y la guerra ya se había llevado a un puñado de soldaditos que hasta entonces sólo habían sabido arar la tierra. Fue la primera de muchas veces que Vita vistió de negro.
Pasaron los meses, las lágrimas, los rezos a todos los santos, las noches en vela. La pena no, la pena se quedó, se le hizo carne, se volvió una arruga profunda, un surco seco justo en medio de la frente. Y ella, que nunca había sido linda, ahora además parecía vieja; pecado mortal en ese pueblo perdido entre las piedras. Había que casarla, más pronto que tarde, decidieron las comadres. El candidato era unos años mayor que ella y tenía fama de borracho, pero era uno de los que había vuelto (le dieron pronto la baja porque era el hijo mayor de una madre viuda de guerra, la otra guerra).

Raffaele era muy alto y empilchaba elegante y así, sobrio, le pareció un buen candidato a sus suegros. Vita no tuvo mucho tiempo para pensarlo; poco después preparaban su casamiento. Unos meses más tarde había logrado, por fin, alcanzar su porvenir de pueblo: era una señora casada y la panza redonda le ajustaba el vestido negro.

Nunca una fácil…

Siempre estoy tentada de escribir un post depresivo. Hace dos segundos se me ocurría un sintagma maravilloso como “No seré feliz, pero…”, pero no se me ocurría ningún pero. A veces me parece que podría tener éxito armando una serie de entradas sobre “Cosas que le pasan a otros”. Se me ocurre que sería una manera perfecta de poner las cosas en perspectiva.

Ayer tenía clase de italiano. No fui. No tuve ganas. No quisiera sobre analizar la cuestión, últimamente no tengo ganas. Punto. Y no quisiera volver sobre el asunto del karma, pero no puedo dejar de pensar en otra frase clave, que viene siendo “Nunca una fácil”.

Aclaro… Voy a clases de italiano por múltiples razones. En primer lugar porque me gusta. Razón necesaria y suficiente para invertir en ello mis magros ahorros de reciente desocupada. En segundo lugar porque tengo la vaga fantasía de alguna vez volver a Italia (el primer viaje sería un buen relato, si tuviera ganas, claro) y posiblemente “estudiar” allí por un tiempo. (Cabe aclarar que lo que en mí es una vaga fantasía es para muchos miembros de mi familia una realidad pronta a materializarse. Hay un sector que ya acampa en Migraciones y todo…)

Volviendo a aquello de “Nunca una fácil”, aclaro. Más allá de que me gusta aprender idiomas y de la débil veta pragmática del asunto, durante cuatro años disfruté de mis clases de italiano por la compañía. El azar (y el horario del curso, supongo) había reunido a un grupejo de sujetos interesantes, culturalmente inquietos y con sentido del humor. Ese grupo prosperó generando incluso un par de encuentros de comida y bebida al por mayor muy satisfactorios. Pero esa socializad incipiente se estancó, junto con el resto de los casilleros de vida, hace más de un año. (Acá aclaro, antes de que me critiquen con innecesarias dosis de violencia, ya se que no están estancados todos los casilleros de mi vida, es sólo un énfasis dramático, tengo amistades maravishosas, lo sé, lo sé, no me olvido).

¿Qué sucede ahora? Comparto mi clase con diez señoras muy aseñoradas. Una señoras “divinas”, claro, pero cada una de ellas podría ser mi madre. Y yo quiero a mi madre (sé que a veces no parece pero, créanme, la quiero), pero no comparto con ella (o con su estilo) actividades ligadas al esparcimiento. ¿No podría haberme tocado un grupo un poquito más afín? Ahora sí: “¿Nunca una fácil?”.

De todas maneras, me gustaría confesar el verdadero motivo de queja y de la frase. Tengo una profesora que es, ella sí, joven, pero con la que no logro llevarme del todo bien. Es una sensación extraña, porque no nos conocemos, ni pasamos tanto tiempo juntas, pero tengo la sospecha de que no le caigo bien. ¿Por qué? No tengo idea, sólo sé que siento una mezcla de distancia, rechazo, incomodidad, que hacen que no me divierta ni un poco en esas clases. Pero incluso así, no puedo dejar de pensar que toda la incomodidad es de mi parte, y pura y exclusivamente por efecto de un triste contraste.

Mi antiguo profesor de italiano era nada más y nada menos que Marco, el candidato.

Genoma retórico o "Lo que se hereda no se roba"

Para que se comprenda de dónde viene mi notable veta de Drama Queen

Hablo con Madre por teléfono, le reclamo por una cuestión familiar que está evitando resolver desde hace unos 8 años (que implicaría tomar una pequeñísima decisión operativa sobre ciertos bienes ¡muebles! que impiden la correcta utilización de un inmueble que pertenece a mi señor padre pero que usufructa su señora madre, es decir, mi abuela) para evitar la confrontación con un sector francamente no querido de la familia paterna (que mi madre llama nuestra “familia política”, olvidando que es, lamentablemente, la familia "sanguínea" de su marido y, consecuentemente, de sus hijos), con el que viene posponiendo una confrontación de mayor escala desde hace aproximadamente 20 años (aunque la solución no reviste complejidad mayor que negociar las condiciones de firma de un par de documentos legales).

Cuando objeto que sea incapaz de defender sus propios intereses, dado que permanece en la más abyecta de las apatías, sólo atina a responderme (intentaré reproducir el tono melodramático): “¿Pero qué máaaaaaaaaaaaaaaaas queréesssssssssssssss que haaaaaaaaagaa? Sólo me queda por hacer lo que hizo el abuelo…” “Lo que hizo el abuelo” es el fantástico eufemismo utilizado por Madre para aludir a la personalísima manera en que mi abuelo materno decidió abandonar esta vida. Para utilizar mi eufemismo personal, fue su pequeño homenaje a Durkheim… A ver si nos entendemos. Cuando le demando a Madre que abandone el letargo y actúe, el único acto que concibe es una (apócrifa) amenaza de suicidio…

Me tomó años de terapia desmontar este mecanismo perverso de Santa Madre Mártir. Pero hoy, por primera vez, pude no sólo revertirlo argumentativamente (en un impensado revés le agradecí por aconsejarle a su hija que cuando las cosas se ponen difíciles la solución es atentar contra la propia vida), sino que tomando distancia, hasta pude encontrarle la gracia. De hecho, me sigo riendo mientras trato de reproducirlo. Y creo que si me río es porque estoy entendiendo qué me vienen queriendo decir varios referentes mucho muy queridos cuando me instan a abandonar mis desproporcionadas dosis de dramatismo. Para decirlo de otro modo, acabo de reducir un incómodo tópico del estilo familiar al efecto indudablemente cómico del abuso del recurso hiperbólico.

Delicias de la convivencia

Me gustaría apuntar sólo algunas de las cientos de razones que harán que algún día protagonice una conmovedora noticia policial por haber asesinado a mi hermano (con quien convivo) con algún método poco ortodoxo como drogarlo hasta la inconciencia para proceder luego a licuarlo con la minipimer.

¿Por qué justo ahora? Porque acabo de perder una lista de unas 15 url que uso con frecuencia porque el señorito decidió usar MI computadora para hacer alguna consulta decididamente reprochable que luego debió ocultar borrando por completo Mi historial de búsquedas.

Se que puede parecer hasta jocoso pero sólo cobra sentido en la serie (y con el agravante de que pasé los últimos ocho días encerrada en casa a mercer de sus ideas más descabelladas y, horror, de las de mi madre, que decidió dar rienda suelta a su instinto martes, miércoles y lunes feriado). Mi paciencia, naturalmente escasa, está en su umbral inferior.

Se verá que algunas son verdaderos clásicos de la convivencia, pero como en la mayor parte de los casos la convivencia se decide "de común acuerdo" y en este es "una razón de fuerza mayor", su potencial disruptivo tiende a ser mayor. Pero, tampoco quiero mentir, yo tengo mis "particularidades", y eso sólo tiende a agravar las cosas.

Sin orden evidente:

-No cambia el rollo de papel higiénico, claro. Si lo hace, desliza el rollo nuevo a continuación del tubito de cartón vacío (el adminículo que lo sostiene es del tipo "ganchito abierto"). Si por milagro decide eliminar el tubito, no logra desplazarlo más lejos que el interior del bidet. En en fragor de la investigación experimental una vez decidí no desplazar el cartoncito hasta la basura, esperando su respuesta. Se acumularon tres, sí tres, tubitos en el bidet antes de que me decidiera a cancelar el experimento. (Cabe aclarar que casi siempre le toca reemplazar el papel. Ha intentado reprochármelo en alguna oportunidad. No pudo contra el cabal argumento de que poco puedo hacer con su ratio de visitas al baño).

-Una de mis manías es la conservación de los alimentos. En casa hay todo tipo de envases plásticos herméticos, papel de alumnio, papel film, bolsas para freezer (con sus respectivos ganchitos), etcétera, etcétera. El susodicho siempre pero siempre que consume una rebanada de queso vuelve a guardarlo en la heladera sin protección alguna en un lugar por completo inaccesible a la vista, hasta que cuando por fín lo encuentro tengo que tirar la mitad porque está seco como suela. Un agravante para mí (sé que no para todo el mundo) es que, al igual que mi señor padre, mi hermano consume todos los quesos cortando desde el "corazón", dejando para el resto porciones cada vez más cercanas a la cáscara. En una época también "raspaba" la superficie de la manteca hasta generar un valle con la profundidad del cañón del Colorado.

-El baño de casa en lugar de una ventilación hacia el exterior tiene un ventiluz que abre hacia el lavadero (una continuación de la cocina). Cuando termina de bañarse sencillamente arroja su ropa sucia (¡y es realmente sucia!) a través del ventiluz. Es altamente posible entrar a mi cocina y encontrar a cinco metros la pilita con las medias, remera y calzones que se resisten a ingresar al canasto de la ropa sucia.

-Se calza y descalza en el living. Suele dejar varios pares de su importantes canoas Nº42 desperdigadas debajo del sillón.

-Ante el menor resfrío hace uso y abuso de pañuelos de papel que descarta en una bolsa de supermercado abierta a modo de cesto, que por supuesto tarda días en desaparecer del medio del paso.

-Nunca hace compras para la casa. De hecho, si yo no lo recuerdo no repone su propio desodorante. (Lo he tomado por costumbre, incluso, porque además de vago es miserable: el hedor de la fragancia berreta que elegía, cuando lo hacía, me intoxicaba cuando entraba al baño). El resultado: consume el mío y no me avisa. Creyendo que tengo uno de repuesto yo misma me he quedado sin desodorante. (Me acostumbré a esconder uno en mi cuarto para evitar imprevistos).

-El tema de esconder cosas en mi cuarto es harto frecuente. Ambos detestamos lo que hemos dado en llamar "momentos de pobreza espiritual", que no son otra cosa que aquellos días en que no hay en casa ningun elemento "golosinoso". El problema es que mientras él tiende a deglutir, yo tiendo a estoquear. Pero él suele tener, además, cierta dificultad para la divisoria de bienes. Siempre contó mal, se olvidó, o se tentó. Y cuando yo decido hacer uso de mi reserva ya no quedan ni las migas. Nuevamente la solución es enconder las golosinas en mi cuarto. (Recientemente entró a buscar un video y había dos Titas en un estante. Digo bien: había...)

-Pero el rasgo más adorable es que siempre, siempre, tiene algo que comentar sobre los errores ajenos. Es clásico su enojo cuando saco la basura y no vuelvo a poner una bolsa en el tacho. (De hecho, la basura es otro ítem a tener en cuenta: suele hacer pilas de altura considerable sin imaginar jamás que podría cerrar la bolsa y arrojarla. Los envases van haciendo equilibrio hasta que yo misma me canso. Es capaz de abrir una bolsa suplementaria al costado del tacho pero nunca, nunca, cerrar la bolsa y llevarla al palier a dos metros de distancia). Bastante seguido se da el siguiente diálogo:

Él: No te ofendas, pero te dije mil veces que si hay algo que me revienta es que saques la bolsa de basura y no pongas una nueva.
Yo: Tenés toda la razón del mundo, pero considerando que yo compré los ingredientes, preparé la comida y lavé los platos, actividades que implicaron que la bolsa se llenase y no sólo eso, sino que la cerré y la saqué antes de irme al laburo, ¿te resultaría muy extenuante reponer la fucking bolsa callándote la boca?

Parte médico

Por tercera vez en lo que va del año (y sufro al recordar que aún no comenzó el invierno) estoy con arresto domiciliario por una infección en las vías respiratorias. Me interesa señalar dos cuestiones:

-Se ha vuelto indudable que debo, con caracter de urgencia, recurrir a un profesional de la salud mental para evitar el consumo frecuente de amoxicilina y sus derivados para el tratamiento de mi deteriorada salud física. (El hecho de que asuma livianamente que mis males no son más que elaboradas somatizaciones no hace más que confirmarlo).

-Mi apestamiento de esta semana no sólo me complicó una salida, dos cuestiones laborales y tres proyectos (uno de ellos, parte de un maquiavélico plan que estuve esperando para decidirme a implementar prácticamente dos años), también implicó reiteradas visitas de mi madre que es un amor, claro, pero sólo en dosis homeopáticas. De hecho, a la altura de la segunda visita no sólo volví a tener fiebre sino que se me complicó la faringitis con la aparición de una bellísimas placas. (Y me niego a aceptar que el hecho de que sea la evolución natural de estos estados pueda ser tomado como atenuante).