Mi familia nunca fue especialmente religiosa, por eso las festividades a las que adscribe tienen mucho más que ver con rituales propios y consumos profusos de alimentos calóricos. Entre todos, siempre destaca una suerte de "Desafío Pepsi" o blind test de degustación. Todas las mujeres de la familia tienden a evaluar "su" producto elegido buscando generalizada aprobación, pero partiendo cada una de una premisa diferente y mutuamente excluyente, a saber: "Caro pero el mejor", "Casi no tiene diferencia..." y "Casero tiene otro sabor".
Uno de los episodios más recordados vinculados a esta práctica tuvo lugar en la previa de un viaje a la tierra de los ancestros. Entre los kilos de bártulos a regalar (con altísima presencia de típica mersada autóctona con gauchitos y tangueros for export) no podía faltar, en una familia tana que se precie, el aporte gastronómico. Hubo claro, dulce de leche y alfajores al por mayor. Endeudados ya de tanto Havanna, Madre sugiere que para qué gastar tanto si en alfajores de dulce de leche los clásicos marplatenses se parecen muchísimo a (atención): "Jorgito, el nombre del alfajor". Ante las risas generalizadas Madre se apersona munida de una unidad de cada contendiente y en la mesada de la cocina, alejada de la vista de los "catadores", corta cada alfajor al medio y mezcla las mitades antes de ofrecerlas a degustación. ¿El resultado? Dos cajas de Jorgito de kilo y medio al fondo de la valija; Madre satisfecha con cara de "¿vieron cómo nunca me equivoco?" y participantes de la prueba que comentan por lo bajo: "Parecidos no son, pero compro. Ya no somos pijoteros, sólo tenemos problemas de percepción..."
Toda esta explicación (que podría repetirse para turrones y pandulce navideños, roscas de pascua, helado o incluso productos de verdulería, quesos y fiambres o asado de tira) sirve para enmarcar la absurda escena acontecida esta última Pascua. Al momento de "romper los huevos" (digamos, literalmente...) cada representante, fiel a su ideología, hace aparecer su adquisición. Hay, sin embargo, una variable espuria: además del huevo fifí, el proletario y el de la panadera "casi como si lo hubiera hecho yo", surgen sendos Kinder Gran Sorpresa que hacen las delicias de los niños de la casa. (Cabe aquí la aclaración: el menor tiene 15 años y fue de todos el que manifestó menor excitación ante la posibilidad de "armar el chiche").
Así, tras la tradicional "cata", corroboramos que chocolate, chocolate sólo el "caro pero el mejor"; admitimos que "casi no hay diferencia" porque aunque la hay, hay chocolate; y que el "casi como si lo hubiera hecho yo" tenía unos confites horribles pero venía con un conejito de peluche asomando que era un primor. ¿Y la aneda? Pues bien, que una vez rotos los huevos y probados los fragmentitos de rigor, el chocolate seguía por allí, indemne. Porque allí, socavando las premisas de Madre, Tía y Abuela, los jóvenes sátrapas basaron su elección en: "el envoltorio de papel brillante", "el juguetito en el interior", y el cuidadoso malabarismo de no herir suceptibilidades de ninguna generación.
Middle East(er) War
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4/19/2006
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Ludopatía fatta in casa
La nación titula hoy: "Cada vez son más las mujeres adictas al juego". Lo leo y no puedo evitar pensar: "Nona, te descubrieron... (Hacé las valijas que si se entera Tía Buena te manda con Rosita la verdulera a la Triple Frontera)." Así con rima y todo, como expresión de una angustia épica y lírica.
Aportemos como información de background que mi abuela, inmigrante italiana analfabeta (gracias al progresismo de su señor padre contadino montañés), desarrolló una habilidad sorprendente para incorporar conceptos matemáticos (en particular los números arábigos cardinales hasta las tres cifras). ¿Por qué? Para dar rienda suelta al hobbie que ha mantenido semioculto por los últimos 50 años: la quiniela clandestina. Sisisi, la adorable anciana de blancos cabellos no sólo es adicta al juego sino que contribuye al sostenimiento y reproducción de mafias barriales de poca monta dedicadas a levantar quiniela.
El orígen de este comportamiento debe rastrearse en la firme oposición de su familia a este tipo de prácticas, rechazadas por poco racionales, adictivas y terroristas de la economía familiar. La Nona, entonces, aguza su ingenio para abandonarse al vicio sin ser descubierta utilizando distintos trucos y estrategias.
El acceso al dinero no es una limitación estructural ya que siempre ha tenido su propio ingreso. Eso evita que deba, como otros adictos, dedicarse al hurto para procurarse divisas. Debe, sin embargo, rendir algún tipo de cuenta debido a que varias veces al mes sus ingresos se licúan si razón aparente. Para ello ha desarrollado el siniestro plan de ir realizando compras impulsivo- compulsivas de productos alimenticios. Como nadie le exige la presentación de tickets, o calcula los valores invertidos en el almacén, sus despilfarros quinielísticos quedan ocultos en el atiborramiento de la alacena. Esta conducta estratégica tiene una consecuencia táctica. Como su juego es doblemente clandestino nunca deben quedar pruebas del delito. Y por eso esconde los papelitos de estraza con su jugada adentro del pañuelito anudado que lleva en el bolsillo. (Esto da lugar a momentos ultra bizarros en los que pide colaboración solapada para encontrar un objeto perdido que no existe...)
Otra cabal estrategia implica el desarrollo de un cuidadoso plan de distribución geográfica de las apuestas en múltiples boliches de mala muerte. De este modo consigue un doble beneficio: no puede ser detectada ingresando en agencias de apuestas y, simultáneamente, evita que sus propios proveedores calculen la dimensión de sus jugadas. Para ésto tiene montada una red con aceitados mecanismos de comunicación. En primer lugar no hay agenciero, quinielero o adicto vecino que no conozca a "Doña Angelita". Entre todos le ofrecen combos de apuestas, tráfico de pálpitos y financiamiento en épocas de escasez. Ésto incluye la más amplia variedad de rubros (kioscos, locutorios, almacenes, agencias, remiserías y siguen las firmas) pero desde hace un tiempo, se sabe, la central de operaciones se encuentra en la verdulería de la ya mentada Rosita. Allí se realiza la desconcertante compra de astronómicas cantidades de fruta y verdura y se la visita a diario (cuestión bastante inexplicable para una casa con dos residentes fijos, uno de los cuales de la verdulería sólo consume papas...).
Falta mencionar la utilización de distintos medios de comunicación. En primer lugar, claro, el teléfono. La red de contactos se efectúa telefónicamente cuando se intercambian los pálpitos y los sueños (ella no aporta gran cosa dada la abrumadora preeminencia en su inconciente de "il morto chi parla"). Su agenda, un ingenioso dispositivo pergeñado por Tía Buena que reúne fotos con números de teléfono (recordemos la ya mencionada ausencia de lectoescritura alfabética) rebosa de amigas y vecinas identificadas con no menos ingeniosas imágenes de revista: flores para Rosa, tomates para la verdulera, un simpático conejito para "la de la pollería". Allí desarrollan la estrategia de juego: qué números jugar, a qué lotería, si cuenta o no la nocturna de Montevideo... (Por no mencionar otras reglas del juego como "seguir" un número o jugarle al cumpleaños, que implica apostar en todas las loterías en todas las jugadas de cada día durante casi una semana a los años que cumple, los que deja, la fecha de cumpleaños y "la clase". Digamos, completamente al azar pero con método...). A éste uso principal se agregan los medios de comunicación masiva: radio y televisión (con las que sigue La Danza de la Fortuna y reconoce a Riverito como a un amigo de toda la vida, pero siempre a escondidas, aunque su oído no es el de antes y, detrás de la puerta cerrada, escuchemos patente el "oooooocho") e incluso prensa gráfica (donde ha localizado el sector de apuestas, recuerda el orden de las loterías y lo pispea de incógnito cuando cree que no va a ser sorprendida).
Finalmente, sólo resta mencionar la cuidadosa trama de mentiras que nos enrostra descaradamente cuando sus malos humores de mala perdedora son inocultables. Todas y cada una de las veces nos responde airadamente: "¿Nena, vo' sabé' cuanto hace que no juego?".
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4/06/2006
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Pompas fúnebres (Relato políticamente incorrecto)
Resulta que la gente se muere, ¿vió? No quisiera abrir una discusión sobre el sentido de la vida, de dónde venimos, a dónde vamos y no somos nada. Sólo quiero dejar algunas instantáneas de la ceremonia mortuoria que fue mi programa de fin de semana y no precisamente por elección...
Decía que la gente se muere. No contenta con esto, alguna necesita además hacer de la muerte un acontecimiento público, una escena de figuración del dolor, la tristeza y la pérdida con espectadores a tono con la ocasión. He aquí, entonces, un velorio de tanos necrofílicos nativos o por opción.
Para no demorarme en el prólogo revisando parentescos, idiosincrasias y tomas de posición varias, digamos que el muerto en cuestión es el hermano de mi padre, el hijo de mi abuela, el cuñado de mi madre (diría mi tío, si las circunstancias fueran otras). A este buen hombre (en sentido absolutamente figurado) se le da por morirse este fin de semana con absoluto sentido de la oportunidad ya que desde este año la fecha de su deceso estará marcada en rojo en cada almanaque. Más allá de mis cálidas palabras hacia él (sí, soy la reencarnación de Cruella Devil y me hago tapaditos de dálmata y de parientes, ¿y qué?) el recuerdo más firme de la fecha será el de algunos de sus deudos...
Podemos arrancar con su señora esposa que en la madrugada llama a mi viejo para que se ocupe de los trámites y el certificado de defunción, mientras ella se lava la cabeza y plancha la camisa que el marido va a lucir en el cajón. O con los clásicos “pucheros” de múltiples allegados y no tanto, que en vida no daban dos mangos por el muerto, por los vivos, por el mismísimo dios.
Pero la idea del post era un poco más jocosa, el chiste está en el espacio y en la situación. ¿Por qué? Por la sala velatoria con falsos jarrones de plata repujados y piso símil mármol de flexiplast. Por los 6 cirios eléctricos al lado del cajón, con llama de lámparas “vela” blancas, o el crucifijo grande iluminado con dos tubos cruzados de neón azul, que parecían robados de Jesucristo Superstar... Por el cuadro en la “salita” donde esperaba la familia, que con la mejor buena voluntad era en un ángel, pero a simple vista era una versión medio porno de Leda y el Cisne tamaño A3. Por las coronas que compiten en mal gusto con olor a flores rancias y sus sentidos carteles con letras góticas doradas (que los deudos se desviven por no pagar).
Si ya el espacio es algo ridículo, lo son más las caras de circunstancia de los que llegan y sus fórmulas de cortesía del estilo “Lo lamento”, “Mi más sentido pésame” o mi all times favourite “Te acompaño en el sentimiento” (?). Por no nombrar a los que por los nervios mandan un desubicado “Te felicito”...
Yo los escucho a todos desde mi ubicación preferencial acompañando a mi abuela octogenaria, que como ya no ve muy bien encara a la turba de parientes y “paisanos” con un cocoliche rioplatense-brienzano “E vo’ chi sii?”, mientras yo miro para otro lado porque ni a palos reconozco al 20% de los que veo por ahí. Y de paso me aguanto a duras penas la risa de respuestas como “Raffaelluccio, de Za’ Teresa”, “Cataldino”, “Pipina, figlia di Cagaporta” (¡Y juro por dios que no invento!).
Mi otra abuela (la de los tomates), fanática de la socialidad post mortem, se apersona a dar sus condolencias porque, según su base de datos, “ellos al de nosotros vinieron”... En un sonoro llanto apenas verosímil se arroja a los brazos de la viuda gritando: “Ay, Suuuusaaaaaaana...” (El detalle que se le escapa es que la mina se llama Rosa Ana...)
Al rato cae el sacristán, amigo de la familia y arranca con el responso y la bendición. Más tarde viene el mismísimo cura párroco que bendice otra vez. Así van pasando las horas, mi abuela decide que no quiere irse a su casa y que está dispuesta a pasar la noche (aunque después, cada 25 minutos, pregunte “Ma ancora é giorno?” y más tarde “Che ora é?, cada 22”). Con mi abuela nos quedamos mi viejo, mi hermano y yo. Cerca de la una, cuando se fue el último desubicado que pasó a saludar en trasnoche, nos quedamos solos... La flaca de la sala velatoria empezó a apagar las luces y los 9 que quedamos (la viuda, sus hermanos, un matrimonio amigo, mi abuela, mi viejo, mi hermano y yo) nos acomodamos en los silloncitos.
En la oscuridad el sueño los fue venciendo uno a uno... Mi viejo, que había arrancado en la madrugada anterior, fue uno de los primeros, despatarrado en un sillón de un cuerpo; lo siguieron los hermanos (de ella, y mío). Mi abuela apenas si cabeceó. Pero la nota la dio el marido de la amiga que al rato nomás arrancó con unos ronquidos de padre y señor nuestro, que por un momento, temí, iban a despertar al mismísimo muerto. Después se durmió la flaca proveedora de Arlistán, que coronó la noche con un sonoro pedo. ¿Quién da más?
A la mañana, la viuda y el concuñado (a ver si me explico: el marido de la hermana del marido, que es también cuñado de mi padre) deciden que cuando lleguen los de la cochería van a alterar el circuito. Antes de salir para el cementerio van a “pasar” por la iglesia. Faltaba la bendición de cuerpo presente, la tercera es la vencida. (Parece que no estaban seguros de que tuviera los papeles en regla, a ver si no pasaba Migraciones...)
Sólo faltaba la despedida. Cómo es habitual en estas situaciones, la sobrina de mi viejo (la hija del marido de la hermana del muerto) lanzó su célebre condolencia puchereada: “Yo no quería que se muriera...” y todos nos fuimos en paz. Algunos al cementerio, con sus lágrimas prefabricadas; otros a casa, esperando no tener que verlos más.
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Isa
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3/29/2006
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Para el lado de los tomates...
Resulta que, otra vez, hubo ceremonia de tomates. Pero esta vez viene en variante no bucólica sino más bien realista, bizarra y con toques de humor negro ad-hoc. La cosa es más o menos así...
El "tomatero" trae la mercadería cuando él quiere (otra que "el cliente siempre tiene la razón") entonces el jueves se aparece con siete cajones de tomates (20% podridos, 30% medio verdes, 40% apenas pintones y 15 que eran un primor). Como me aclaran telefónicamente para asegurarse mi participación tenemos como agravante un tiempo límite: el viernes al mediodía hay gran almuerzo gran de la familia toda. Eso incluye el sector "capital" (que s-i-e-m-p-r-e amerita el uso de los platos "del juego", entrada y primer plato con guarnición y que motiva invariablemente el comentario de Hermano dirigido a Abuela: "Claaaaaaaro, como hoy vienen tus nietos hay tanta preparación..."). Pero además, sorpresivamente, al reluctante grupo compuesto por Madre y Padre que suelen negarse aludiendo compromisos contraídos con anticipación y que frecuentemente ocultan la decisión de Madre de abstenerse de participar de las comilonas de su progenitora y sus delirantes preparativos, que rechaza con convicción.
Cuando llego a la central productora, alrededor de las 20.30, después del laburo y con hambre de dos días porque mi heladera es un páramo de desolación encuentro: el proceso iniciado, a Tía (un alfeñique de 45 kilos, literalmente) arrastrando cajones por el comedor y a Abuela (principal supervisora de la producción) recostada con un probervial mareo que ella adjudica a "la cervicale" y el resto de la flia a su tendencia compulsiva al ataque al hígado fruto de la ingesta de variadas formas de grasa saturada, sodio y colesterol.
Ante el estado fatal de la materia prima, ésta se lava, se elige y se deja secar, pero toda precaución es insuficiente ante el avance incontenible de la putrefacción. Entonces todos los tomates sospechosos de no pasar la noche se cortan, se cocinan y se "machinan" sin dilación. Tres ollas tres llenas de pulpa van a la heladera esperando el embotellado y la cocción final a la luz del sol. Cerca de las 2 de la matina la planta completa de 2 (dos) operarias se va a la cama tras la ingesta de una cena que, siguiendo una clara escala involuptiva, pasó de la oferta de pastel de papas a unos fideítos y terminó siendo pan tostado en tostadora con queso y jamón.
El segundo día arranca al alba; 6.30 suena el despertador. Un balde de café amargo nos prepara para la jornada. Con el proceso apenas iniciado suena el teléfono. Madre avisa que en horas de la madrugada se produjo inesperado (pero esperado) deceso en familia-cercana-sector-Padre. Horror. Abuela y Tía se miran desoladas: queda fuertemente comprometida la mano de obra para la producción. Mientras tanto se inician, solapadamente, los comentarios prologados por la frase: "Che, ya que nos íbamos a ir al infierno de antes, dejame decirte una cosa..." Y se articulan menciones del siguiente tenor: "Qué sentido de la oportunidad, che", o el nunca bien ponderado: "Qué manera de joder hasta el final..." (Se apreciará el grado de afecto dirigido al finado en cuestión, "Dios lo tenga en la gloria, y no lo deje volver", como diría mi madre).
Tras evaluar la disponibilidad de las "fuerzas vivas" (nunca mejor dicho) y ante la llegada de Hermano, recibido como el Mesías del tomate de estación, decidimos proseguir con la tarea mientras el tema velatorio es organizado por Madre y Padre. Se viven, sin embargo, momentos críticos. Mientras colecciono ampollas en los dedos y salpicaduras de tomate, todas, Tía comienza a evaluar que mejor no ocupemos la cocina, porque tiene que quedar limpia para cuando llegue Tía Menor a almorzar (quien, vale la aclaración, manifestó expresamente su decisión de auto eximirse del proceso de elaboración). Tía, convencida, argumentaba: "Claro, este despelote no es para Marido de Tía Menor", mientras Hermano volcaba una olla de tomate humeante en la maquinita y yo revolvía otra con un cucharón. El horno no estaba para bollos, claro, pero faltaba aún la mención a una característica de la salsa que la vuelve inaceptable para Tía Menor: resulta que si no es lo suficientemente espesa, la tiene que "reducir" mucho durante la cocción. Tía viene mencionando este asunto en los últimos seis o siete años, generando risas, por momentos, e impulsos homicidas en mayor proporción.
Resumiendo, entonces: 7 cajones de tomates pasados, dos personas para laburar, salsa “aguachenta”, tooooooodo el mal humor, apuro para dejar todo limpio para cuando lleguen las visitas y perspectiva de descanso: velatorio suburbano de ser no querido y familia ad-hoc. Wonderfull, ¿no?
La llegada de Tía Menor y Flia se produce cuando la crisis había sido controlada, restando sólo llenado y cocción. Según lo acostumbrado, Tía Menor resuelve dar un par de indicaciones dignas de oráculo medio sin ton ni son, pero el proceso finaliza sin que haya que lamentar víctimas (fuera de la producida sin nuestra intervención, claro). Un año más de conserva, de tomates y de las relaciones de parentesco. A cuál más demandante de trabajo y dedicación.
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Isa
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3/29/2006
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Bueno aires me mata: Yo no quiero un celular, ¿y usted?
No quisiera pecar de fastidiosa, pero que lo soy, lo soy.
Entonces, propongo declarar persona no grata a cualquier cuidadano porteño mayor de 14 años que decida, en un medio de transporte público de pasajeros en hora pico, probar todos y cada uno de sus estúpidos ringtones.
Sumo gatillos de mi furia homicida: versiones monofónicas de Para Elisa; el Himno a la alegría o temas de reggaeton.
Publíquese y archívese.
PD. Casi un año después debo confesar que he sucumbido a los cantos de sirenas del marketing y adquirí mi fucking telefonito. Pero el espíritu de este post puede mantenerse intacto con un sintagma con mucho menos punch "Yo no quiero escuchar su celular, ¿y usted?"
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Isa
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3/13/2006
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El cine: Manual de Estilo
Martes a la noche. Sala de multicine de Caballito. Unas 15 butacas ocupadas. En una de ellas, yo. Comenzando la proyección de los próximos estrenos entra una parejita. Veintipico, relación claramente reciente, todo sonrisas. De la sala abrumadoramente vacía, eligen los dos asientos contiguos al mío. Mala señal. Durante un par de largos de minutos maniobran con sus mochilas, camperas, botellitas y pochoclos. Se sienta, se paran, cambian de lugar. Se ríen, todo lo comentan. Todo, absolutamente todo, es motivo germinal de una conversación risueña a voz en cuello.
Ante esa colección de malos augurios, pido al cielo clemencia y que se calmen para cuando comience la película. Mis contactos con las fuerzas superiores no deben estar en su mejor momento, asumo. La película inicia con imágenes sobrecogedoras de cielo azul brillante sobre la llanura. La parejita se asombra, se maravilla y comenta. Comenta. Comenta. Sin parar. Todo comenta. Todo opina. Todo.
Mi fastidio crece. También, proporcionalmente, mi deseo de que se atoren con los pochoclos y se retiren de la sala cianóticos. Pero claro, no se cumple. Ellos siguen, se ríen tontamente, se seducen, se hacen muecas, hablan con ese estúpido tonito infantil que asumen algunas parejas. (¿Por qué?, me pregunto. ¿Por qué a mí?).
Cuando estoy a punto de perder la compostura, decido que no vale la pena la confrontación con semejantes especimenes. Me paro y de una corrida me paso a una butaca alejada un par de filas. Allí todavía llegan los murmullos y las risitas sofocadas, pero puedo al menos oír la banda sonora de la película sin ocupar simultáneamente parte de mi mente con los 15 métodos distintos con los que los silenciaría (para siempre).
Entonces me pregunto: ¿Qué pasa con la gente que necesita hacer estas demostraciones públicas de afecto y/o calentura?¿Por qué ese deseo ardiente de comunicarle al mundo sus sentimientos? ¿Qué tara esencial le impide incorporar la noción de que ese comportamiento es socialmente aceptable sólo en el sillón de sus casas mirando un dvd?
Cuando terminó la película me fui derechito sin mirarlos. Y claro, después me arrepentí. La verdad tenía ganas de pelearme. De bardearlos en público. De reírme de su estupidez. De reprocharles su falta de educación. Pero me contuve. Porque no me dieron muchas ganas de asumir el rol de fastidiosa spinter, pero sobre todo porque no valía la pena. Y había quedado claro desde el principio, cuando llegaron blandiendo pochoclos a ver Brokeback Mountain. No puede esperarse mucho de la gente que no entiende el delicado equilibrio que implica consumir pochoclos en el cine y el sofisticado sentido de la ubicación necesario para elegir las películas que combinen con ellos.
Luego de esta introducción con dramatización basada en escenas de la vida real, se advierte la necesidad de la pronta entrada en vigencia de un Manual de Estilo, propongo entonces lo siguiente:
Regla Nº1: Parejas que concurren con intenciones ajenas a la espectación, deben tener la delicadeza de ubicarse en las últimas filas, alejadas de ojos y oídos ajenos no dedicados a prácticas voyeuristas. (Se aclarará, de ser preciso, que el costo de dos entradas de cine en horarios no promocionales se acerca lo suficiente al de otros espacios reservados por nuestra sociedad para ese tipo de intercambios...)
Regla Nº2: Una vez comenzada la película, debe restringirse al máximo todo comentario que el film pueda suscitar. (No, ir al cine con el noviecito de turno no es causal de excepción.) Cuando la situación lo amerite, y el comentario sea indispensable e irreprimible tanto para el comentador como para el comentatario, se procederá a manifestarlo al oído de este último en voz bajísima y realizando el menor número posible de movimientos .
Regla Nº3: Pochoclín les pide que apaguen los celulares. Si sus trascendentales vidas les impiden suspender el contacto con tal medio de comunicación, simplemente no vayan al cine. Esta regla autoriza a cualquier otro espectador presente no teléfono-dependiente a ejercer el tipo de violencia que considere necesaria para reprimir estas conductas.
Regla Nº4: Toda persona que necesite que su acompañente le explique escenas, tomas, planos, giros de la trama, motivos temáticos o rasgos de situación, acción o personaje del film, superando un generoso 1% del total, queda excluido a perpetuidad de las salas. Nuevamente, el ejercicio de violencia correctiva y/o preventiva es socialmente aceptable en estos casos.
Regla Nº5: El comportamiento de los niños es exclusiva responsabilidad de los señores padres. No, insisto, NO concurra con niños a la proyección de films que no sean de claro interés para los mismos y hágalo sólo bajo estricta promesa de su parte de silencio e inmovilidad. No se permite bajo ningun punto de vista la entrada a las salas con bebés y o niños demasiado pequeños. Si no ha logrado a lo largo de su vida adulta entablar relación con persona alguna depositaria de su confianza con la cual dejar a su retoño para asistir al cine, revise su conducta. Algo mal habrá hecho. Y el resto de los espectadores no tienen por qué sufrir las consecuencias.
Regla Nº6: Toda expresión de sensaciones generadas por el film deben restringirse a lo socialmente aceptable en cada caso para los espectadores. No debe de ningun modo identificarse con un personaje. Por lo tanto: a) No llore desconsoladamente, con sollozos audibles y exceso de mucosidad; b) No ría en sonoras y disruptivas carcajadas ni emita otro tipo de sonidos chirriantes; c) No grite ni de alaridos desproporcionados cuando se asuste. Recuerde que se trata de una película. El fantasma asesino, no, repito, NO acudirá a desollarlo a usted mientras duerme.
Regla Nº7: La entrada a cualquier sala de cine debe quedar total y absolutamente prohibida luego de comenzados los avances y ni que hablar de la película. Cualquier espectador que intente ocupar un asiento obstruyendo la visibilidad de la pantalla en tales casos, merece y debe ser pateado sin compasión en tobillos y canillas por todo espectador ya ubicado en las butacas aledañas.
Regla Nº8: El Arte del pochoclo y otras ingestas en salas de cine. Queda terminantemente prohibido el consumo de cualquier alimento salvo que el espectador pueda demostrar fehacientemente su habilidad de manipular el envoltorio con un nivel de ruido tolerable. Esta regla entra en vigencia de acuerdo con lo establecido por el Manual complementario: Cómo elegir apropiadamente películas combinables con la ingesta de pochoclos (que no es necesariamente equivalente a "películas pochocleras"). Saber combinar un film con el consumo de los alimentos y/o golosinas pertinentes es un arte y en el arte, se sabe, la medida es todo.
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Isa
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2/24/2006
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Etiquetas: La Verdad- la Razón y la Justicia, Mi vida es una sit-com